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JUEGOS COLONIALES

Las peleas de gallos, lidia de toros, naipe y billar son algunos de los entretenimientos que llegaron junto con los españoles.




Fuente: Diario El Mercurio

El gallo es el símbolo de la vigilancia, del valor, del orgullo, prendas que motivaron a que distinguidos caballeros fundasen la Orden de Gallos, cuyos miembros llevaban un escudo de plata, ostentando en su centro un gallo negro. Más tarde, en Atenas se dictó una ley, por la cual, a expensas del Tesoro Público, se celebrase un día al año, en el principal teatro, la riña de los gallos, en recuerdo a la elocución de Temístocles, antes de la batalla de Salamina, alentando a los ciudadanos a combatir con el valor y denuedo de estas aves, en defensa de la libertad y de la patria.

El deporte de los gallos -alectriomachi- o también conocido con el popular nombre de pelea de gallos, es costumbre importada del Virreinato de México, a todos los países europeos, y en especial a las colonias americanas, a sus Reales Audiencias. Los españoles residentes en Cuenca, tan alegre distracción recibieron alborozadamente, y mucho más los criollos, para quienes aquella lidia era la exteriorización del valor, valor que les recordaba la bizarría de su estirpe, la entereza de su carácter, en las hecatombes de la sangre, de los bravos cañaris contra el poderío incásico.

La lidia de gallos en Cuenca, herencia colonial: lucía en las grandes festividades de la ciudadanía, donde se aglomeraba el pueblo, y con éste la aristocracia, en las plazas públicas o bien en los amplios patios de ciertas amplias mansiones coloniales para presenciar el duelo a muerte de dos aves gallardas, que defendían el honor de su causa, por el noble ideal de ser uno de ellos el sultán del serrallo, de lustrosas y fantásticas alas, las que aguardaban al vencedor, con las caricias del amor.

En los tiempos coloniales, como en la actualidad, había un juez de lidia, encomendado a vigilar la disputa entre los concurrentes, a custodiar la honradez en las apuestas, y a evitar que cualquier extraño se hiciese del gallo, en los momentos reglamentarios, de reposo en la lidia. Aquel derecho era propio del dueño del gallo, único llamado a cicatrizar sus heridas, a abrevar su sangre, con el calor de sus emocionantes labios. Para los profanos al deporte gallesco, repugna tal costumbre, por estar en abierta pugna con las prescripciones higiénicas, pero sí, dignas de ser concurridas a tales lidias, para escuchar la fraseología propia del jugador, que entraña refranes andaluces, palabras autógenas del país, con mucha adjetivización de origen colonial.

LIDIA DE TOROS

Esta pagana distracción de nobles y plebeyos, era general tanto en los virreinatos de América como en las Reales Audiencias y Corregimientos; en esta ciudad de Cuenca, tal distracción tomó enorme vuelo, con el cual se festejaba todo acto social, y tenía mayor concurrencia el juego cuando los toros venían con fama de ser furiosos, entonces penetraban a la ciudad, por las principales calles, asegurados por gruesos lazos de cuero, al son de trompetas, atabales, chirimías.

Como eran iguales las fiestas taurinas en todas las ciudades de la Real Audiencia, que nos sirva para Cuenca la hermosa descripción que el señor González Suárez nos hace al propósito. Hela aquí: Las corridas de toros. Esta era en tiempo de la colonia la diversión popular, la más apetecida y la más agradable de todas: con ella se daba mayor solemnidad a las fiestas de los santos, con ella se agasajaba a los presidentes y obispos, con ella se procuraba mayor realce a los festejos de la coronación de los reyes, con ella se alegraban los frailes en sus capítulos, cuando elegían provincial, y con corridas de toros se concluía también, a veces la elección de abadesas de los monasterios de monjas.

Las corridas de toros se llamaban por antonomasia fiestas, y cuando habían estado muy buenas, se decían fiestas reales; en el lenguaje de nuestros mayores "había fiestas reales", era lo mismo que decir, habrá corridas magníficas. Pero ¿cómo eran las corridas? No había plaza construida a propósito para aquel objeto: en la mayor de la ciudad, se levantaban al contorno palcos improvisados, que se llamaban también tablados; el recinto de la plaza, cerrado con barreras, era ocupado por los curiosos, y el más audaz o el más diestro, era el que sacaba al lance al toro, al cual le embravecían adrede, no satisfechos con su nativa ferocidad.

Días antes de principiar la corrida, salían a caballo con música y cohetes, los alcaldes ordinarios, para convidar a los barrios de la ciudad, a la celebración de las fiestas: los Cabildos Civiles tenían como uno de sus más importantes deberes, el de promover las corridas y procurar que fueran alegradas por disfraces: cuanto más furiosos y bravíos eran los toros, tanto más regocijada se manifestaba la concurrencia, y la corrida continuaba y el regocijo no se alteraba, aunque uno tras otro, fueron desplazadas por los cuernos de la fiera los temerarios que se habían presentado ebrios a desafiar su furia. El muerto era sacado de la plaza y la corrida seguía con loco frenesí. ¿Estamos describiendo fiestas de nuestros mayores, o tal vez fiestas paganas? ¡Santa luz del Evangelio, cuántas nubes impedían todavía vuestra influencia civilizadora!

JUEGO DE BILLAR

La época en que se inventó este juego no se conoce, pero parece muy probable que tiene origen inglés, ya que, de esta populosa urbe se implantó en España. Aunque en ese Reino había ya un juego análogo, conocido con el nombre de Chueca, o juego de bolas. De España, el billar vino a las colonias americanas apenas en aquel reino estaba de moda. El nombre de billar se presume que proviene del bastón con que en la mesa de juego se impulsaba la bola. El Bastón de Inglaterra se llamaba Balvard, por lo que ellos creen ser los autores de la palabra billar.

Otros etimologistas atribuyen que el nombre de billar se deriva del antiguo francés billart, que significaba bastón que impelía las bolas al juego, encorvado, especie de cayado que significa bastón. Este aristocrático juego fue conocido en Cuenca desde antes de que esta ciudad llegase a la categoría de Gobernación, título que alcanzó bajo el Reinado de Carlos III, desde el 23 de mayor de 1771, porque antes era Corregimiento. El primer gobernador nombrado por el Monarca fue don Francisco Antonio Fernández, aunque el agraciado, a nuestro concepto, no vino a Cuenca, y lo reemplazó el Teniente Coronel don José Antonio Vallejo.

Durante la gobernación de Vallejo, el juego de billar funcionaba en la tienda esquinera de la casa que hoy pertenece al Instituto de Seguros, ubicada en la calle "Bolívar" intersección "Borrero", frente al templo de San Alfonso, y también había en épocas anteriores, en una de las salas del Cabildo igual juego. La calle esquinera de que hemos hablado, conserva hasta hoy la pátina colonial, permanecen sus pórticos de mármol, sus umbrales de madera incorruptible, sus puertas talladas y sus largos balcones de estrechas ventanas.

JUEGO DE NAIPE

En los Virreinatos, Reales Audiencias y Corregimientos sujetos al Cetro de España, el distraído juego de naipe o baraja, era sumamente popular, tanto en la aristocracia como en la democracia. No había hogar noble o plebeyo, en donde a la luz del candil, las pesadas horas de la noche no pasasen distraídos nuestros antepasados en aquel juego. Los buenos apostando un maravedí, para con la constante aglomeración nocturna de las ganancias, disfrutar en un día de fiesta, en sendos vasos de refrescos, con la satisfacción de viejos patriarcales; y los derrochadores que al naipe no miraban como inocente distracción, sino como el símbolo del placer a una lotería, se desvelaban sobre el verde tapete de su distracción, con el empeño de hacer fortuna o de conquistar falaces corazones.

En la era colonial de Cuenca, de la Madre España, se importó a esta renaciente ciudad, junto con ciertas malas costumbres, entre otras, los juegos de azar. Aunque el naipe era reputado por los patriarcales de entonces, juego de buena memoria, y que no permitía que en el cerebro de los jugadores se almacenase la menor gota de bebidas alcohólicas; este sentir por los tenorios cuencanos, no era aceptado, y del citado juego hacían alarde, en tender en plazas públicas, en mesas de tabernas, un lienzo cualquiera, para jugar fabulosas fortunas, en las fantásticas oleografías de reyes, caballos y sotas. El naipe fue la desmoralización de la juventud colonial: frutos pestíferos de tal juego fueron los espadachines Zabalas en el Azuay, algo así como en el Viejo Continente los tenorianos.

Fuente: Por: Ricardo Márquez Tapia.
Publicado en el
Diario EL MERCURIO, www.elmercurio.com.ec

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