(1762)
(APUNTES SOBRE LA LIDIA DE GALLOS)



Después de los datos tauromáquicos deben entrar los gallísticos. Tratándose de espectáculos semibárbaros,
el segundo es complemento del primero. En el uno peligra la vida del hombre, y en el otro la honra y la
fortuna.
El origen de las peleas de gallos es el siguiente: Temístocles, en la expedición contra los persas, dijo
a los soldados de su ejército que peleasen con el esfuerzo de los gallos. Obtenido el triunfo por los
atenienses, para perpetuar la memoria de él se dictó una ley estableciendo una lucha anual de gallos,
costumbre que pasó a Roma, donde a grito de pregonero se convocaba al pueblo con estas palabras: Pulli
pugnant (hay pelea de gallos.) Hubo suntuosos túmulos para sepultar en ellos a los gallos que más se
distinguieron en la lucha. De Roma pasaron las lidias a los demás pueblos de Europa.
Sin que pueda determinarse a punto fijo cuándo tuvo lugar la primera lidia de gallos en Lima, sábese de
cierto que medio siglo después de fundada la ciudad era ya general la afición, y que en las calles,
plazuelas, huertas y aun en los claustros de los conventos había jugadas de a pico y de a
navaja. Como sucede hoy mismo en los pueblos de la costa, la festividad de ciertos santos se celebra
con fuegos de artificio, novillos y gallos, espectáculos que también tenían lugar en la elección de
prelados o en conmemoraciones de sucesos faustos.
En los tiempos de Amat, era la plebe harto entusiasta por las lidias de gallos, y así los artesanos como
los sirvientes desatendían sus deberes por jugar gallos en plena calle. Resultaban de aquí graves
pendencias y alarmas para el vecindario pacífico.
No atreviéndose el virrey a ponerse en pugna abierta con el pueblo, prohibiendo el feroz entretenimiento,
se decidió a reglamentarlo, y para ello empezó por aceptar la propuesta que hizo don Juan Garial para
construir un coliseo en la plazuela de Santa Catalina y en terreno colindante con la muralla. La fábrica
se concluyó en 1762, y el empresario Garial se comprometió a dar anualmente quinientos pesos al Cabildo y
quinientos al hospital de San Andrés, en compensación del privilegio exclusivo que éste tenía sobre la
casa de comedias.
* * *
Al principio concedió Amat permiso para que los domingos, días festivos, martes y jueves pudiese el
empresario lidiar gallos; pero en 1786, y por Real cédula que vino de España, se hizo extensiva la
licencia a los sábados.
En 1781 pasó el edificio a ser propiedad del Estado, asignándose al juez del espectáculo el sueldo de
quinientos pesos al año.
* * *
En 1804 se trasladó el coliseo o cancha de gallos a la calle del Mármol de Carbajal, en la parroquia de
San Marcelo, edificio que conocimos en pie hasta 1868, en que fue demolido, pasando a ser propiedad de un
particular, que sobre el terreno donde corriera la sangre de innumerables víctimas de la navaja construyó
una espléndida casa.
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Proclamada la Independencia, el ministro Monteagudo, por decreto de 16 de febrero de 1822, abolió el juego
de gallos. El coliseo permaneció cerrado hasta pocos meses después de la batalla de Ayacucho, en que los
colombianos, que eran tan aficionados como los limeños a la lucha de animales de pluma, pasaron por encima
de la prohibición. Poco después, el Consejo de Gobierno restableció las lidias, destinando el producto del
remate para el sostenimiento del Seminario.
Continuó funcionando la casa de gallos hasta el 9 de febrero de 1832. El ministro de Gobierno don Manuel
Lorenzo Vidaurre pasó en esa fecha un oficio al prefecto de Lima, en el que dice que no podía tolerarse
que el producto de una casa de inmoralidad, patrocinadora del ocio y del fraude, se aplicase al Seminario
de Santo Toribio, dándose por sustento a una escuela de virtud el pan producido por el vicio.
Vino la guerra civil, y con ella bastó una disposición prefectural para convertir en letra muerta el
decreto supremo, hasta que, bajo la administración del presidente coronel Balta, se eliminó de la central
calle del Mármol de Carbajal ese foco de corrupción.
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Fuentes, en su Estadística de Lima, publicada en 1558, trae la siguiente descripción:
“La cancha, o lugar de la lucha, es perfectamente circular, y tiene de circunferencia cuarenta y dos y
media varas. Los asientos, colocados alrededor, forman nueve gradas que pueden alcanzar para ochocientas
personas. Tiene doce palcos bajos y treinta y uno altos, además de la galería del juez. La entrada vale
dos reales por persona. Hay doscientas ocho galleras, que son unos pequeños cuartos sin puertas, separados
unos de otros por quinchas de caña. El juez recibe una gratificación (cuatro pesos) todas las tardes de
lidia. Las jugadas se hacen en la actualidad casi todos los días. Concurren a ellas, por término medio,
cuatrocientas sesenta personas, y a las de mucho interés hasta mil doscientas, que son las que la casa
puede contener. El número medio de corredores es de quince. El dinero que, según datos fidedignos, se
atraviesa en todo el año, entre caja y apuestas, asciende a noventa y ocho mil pesos, no incluyéndose las
jugadas extraordinarias, en las cuales toman parte personas de alta posición social, y en las que han
solido apostarse hasta veinte mil pesos en una tarde.”
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El gallero es un tipo digno de estudio.
Dejando aparte los aficionados, cuya fortuna les permita criar gallos en cómodas casillas o galleras, y
destinar dos o más criados para que los cuidasen, exhibimos sólo al gallero del pueblo bajo.
No había en Lima rapista o maestro de obra prima que no fuese insigne gallero. Tras de la puerta de la
barbería o al pie de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas y el tirapié, estaba amarrado el
malatobo, el ajiseco, el cenizo y el cazilí.
Cuidábanlo como a la niña del ojo, y bien podía faltarles el pan para su familia antes que el maíz para
su engreído.
Una mañana el zapatero apocaba la pinta o el espolón del gallo de su vecino el barbero. Picábase éste, y
quedaba amarrada pelea para una semana después. Desde ese instante de daba otra alimentación al
animal y se le medía el agua. Ciencia se necesita para preparar un gallo, y cada aficionado tenía su
método especial, fruto de la experiencia.
El día señalado para la lidia apenas si se dejaba probar bocado al animalito, porque recelaban que con el
buche lleno anduviese pesado en su vuelo y movimiento. Aquel día no cesaba el dueño de acariciar a su
dije.
Por la tarde envolvíase el zapatero en la mugrienta capa y, llevando bajo sus pliegues escondido al gallo,
dirigíase al reñidero, acompañado de sus amigos, que, habiendo conocido al animal desde pollo y vístolo
topar, no daban por medio menos su victoria sobre el lechuza del barbero.
Tal vez de aquí nació el preguntar, en Lima, a todos los que llevan un bulto bajo la capa: “Amigo, ¿se
vende el gallo?”
Acontecía que el lechuza hacía picadillo al aguilucho. Los perdidosos se volvían cariacontecidos, llevando
el dueño, bajo la capa se entiende, el cuerpo del difunto, que con arroz y pimientos hallaba al otro día
sepultura digna en el estómago del zapatero y de sus camaradas.
Así el triunfo como la derrota eran pretexto para empinar el codo. El vencido encontraba siempre manera de
defender al muerto, culpando al que amarró la navaja o a un tropezón con la tapia del circo.
–De puro bueno perdió mi gallo; porque si el contrario no se rebaja a tiempo, le habría clavado la navaja
hasta el sursum corda.
Jamás convenía el perdidoso en que su gallo hubiera sido vencido en buena ley o en que era chusco y
cobardón.
“Los corredores de gallos – dice otro escritor – tienen signos convencionales para entenderse desde lejos.
Son los siguientes:
”El restregar cuatro dedos de una mano con el pulgar de la otra, significa que se da diez contra ocho.
Juntar los índices quiere decir pelo a pelo o sin ventaja. La mano puesta sobre el hombro equivale a dar
diez contra seis. Hacer un signo en la frente, como dividiéndola, era dar diez contra cinco. Y, por fin,
echar un corte de manga significa diez contra siete.”
Esto de contratar por señas convencionales nos recuerda a las meretrices de Grecia, a las que el galán
solicitaba alzando el dedo índice y la hembra contestaba formando un anillo con los dedos pulgar y anular.
No había para qué gastar palabras.
* * *
Pocos juegos se han prestado a trampas más que el de gallos. Para explotar a los incautos, echaban a la
arena un animal rozagante contra otro de enclenque aspecto. Las apuestas a favor del primero eran, por
supuesto, numerosas, y teníase por gran torpeza arriesgar un centavo en pro de su rival. Pero, ¡oh
maravilla!, el gallazo o no hacía golilla, o cacareaba y corría, o se dejaba matar por su contrario el
gallito tísico.
Los que estaban en autos sabían que el rozagante, o lo habían emborrachado con sopas en vino, o puéstole
un pedacito de plomo en la cola para embarazarle el vuelo, o apretádole las entrañas el careador, o
hecho en el infeliz alguna otra diablura.
Gallo hubo reputado por invencible y que contaba por docenas las victorias. ¡Era un diablo el animal! A la
postre, una tarde se descubrió la trampa: era gallo blindado como los buques de guerra. Su dueño lo armaba
con coracita de hoja de lata ingeniosamente dispuesta, y contra la que era impotente la navaja.
“Las personas encargadas de preparar los animales para la lucha–dice Fuentes–; las que con el nombre de
corredores se ocupan en arreglar las apuestas, y todos cuantos tienen interés o participación en
las jugadas cometen hechos de la más demostrada inmoralidad y del más declarado robo, terminando casi
siempre cada pelea con una algazara, en la que no pocas veces se oyen insultos a la autoridad que preside
el espectáculo. Las cuestiones sobre equívoca victoria de un gallo se dirimen por careo o por dictamen,
frecuentemente parcial, de los peritos nombrados ad hoc.”
Eso de amarrar la navaja requiere ciencia y, más que todo, probidad. Los amarradores, sujetos a
quienes el pueblo bautiza con algún apodo, son propensos a dejarse cohechar.
* * *
Así como la víspera de una corrida de toros, y con acompañamiento de banda de música popular, se hacía por
las calles de Lima el paseo de enjalmas, así, cuando se trataba de alguna jugada de importancia, recorrían
la capital dos negros tocando una chirimía y un tambor, seguidos de un muchacho que cargaba una jaula con
un gallo.
Tal era el convite de lujo, salvo casos en que circularon invitaciones impresas.
* * *
Si los toros han tenido y tienen su literatura especial–los listines y las descripciones, en que los
gacetilleros de los periódicos agotan el tecnicismo tauromáquico–, las lidias gallísticas no habían
alcanzado a tanto hasta 1874, en que se estrenó el actual circo de Malambito o portada del Callao. Verdad
es que el general don Ignacio de Escandón, en 1762, escribió y publicó en Lima un folletito de ocho
páginas, a dos columnas, con un largo y pesado romance octosílabo, celebrando las lidias de gallos y la
erección del circo que autorizó el virrey Amat. Titulábase ese engendro monstruoso Epoca galicana,
égida Galilea.
Alguien que yo me sé intentó crear la Revista gallística en la Prensa; pero, afortunadamente para
las letras peruanas, no halló eco su propósito, y tuvo que guardar la pluma.
Sin embargo, y para satisfacer curiosidades exigentes, ahí va una descripción mía de la lidia gallística
del domingo 15 de septiembre de 1874. Conste que no reincidí en el pecado:
“A eso de las tres y veinte salió el Volantuzo a revolver la arena con un pinto, que se
encontró con un carmelo de regular alcance, y de mejor lámina. Aderezados los gallos, con el careo
y la navaja, y puestos en el redondel, partió con presteza el pinto, bajando el cuarto al
carmelo, que no quiso darse por vencido hasta que una nueva acometida del contrario, que era de
mucho registro, le quitó el habla.
”Después de la chusca principió la jugada. Era ésta de cincuenta y doscientos. Llevaba la voz y la
campana el señor X*** y los contendientes, que eran los señores H*** y N***, eran los mismos que amarraban.
Conjuntivitis, a la derecha, y Chuchumeco, a la izquierda, estaban a la puesta y a la
levantada, y a los careos.
”Soltó el segundo un aji-seco prieto, cabeza rota, juntón, contra un aji-seco claro, cola
blanca, de más alcance, pues, era de plaza, pero de menos vuelo que su adversario. Hecha la puesta, avanzó
el prieto, y, zafando con malicia de la acometida en vuelo del cola blanca, levantóse más, y en el aire
hirió a éste. Luego contestó el cola blanca; pero un tiro de suelo, de oportunidad y mucho brío del prieto,
y dos prendidas, le dieron el triunfo. Duró la pelea un minuto y dieciséis segundos.
”Conjuntivitis se presentó con un aji-seco, machetón, de tamaño regular, contra otro
ídem, ídem, de más alcance. Al partir en vuelo el machetón se hizo atrás el contrario; pero,
a su vez, al bajar pudo herirlo. Después de una cita algo prolongada, subieron ambos, y superitando el
último por ser de más ala, venció al contrario, que con tres sacudidas besó a su madre. Duró un minuto y
diecinueve segundos.
”Se sacó en tercera un malatobo, pata amarilla, contra un aji-seco, ala blanca, golilla
anaranjada y de más cuartilla. Partir al pata amarilla y agarrarse a la mecha con el machetón, todo fué
uno. Era el último un gallo muy frío; pues, habiendo salido mejor librado del ataque, se puso a dar
vueltas sin querer definir. Dos careos sucesivos hicieron salir al pata amarilla llorando a buscar piedra.
Duró un minuto y cincuenta segundos.
”Un cenizo, pata prieta, guaragüero y cuatralbo, de Chuchumeco, se encontró con un
aji-seco, crespo, de más alcance y más grande. A la partida falsa de este último se citaron los
gallos, y remontándose el que partió venció a su adversario en un solo tiro. Duró once segundos. El
vencedor fué amarrado por Conjuntivitis.
”Un carmelito, de porte regular, se las hubo con un aji-seco, zanquilargo, que amarró
también Conjuntivitis. Partió este último con tres ataques de tanta sustancia, movimiento y
prontitud, que hubiese hecho añicos o otro gallo que no hubiese sido el carmelito, el que,
sorteando sobre la cola, llamóse a defensa y pudo escapar, y luego, citando un momento, dióle el
carmelo un navajazo tan terrible al aji-seco que éste se desparramó. Nos entretuvimos
cincuenta y cuatro segundos.
”Se careó en segunda un papujo, cenizo, cola blanca, con un aji-seco, prieto flaco, juntón y
desplumado, de Chuchumeco. Avanzó el primero, y arrancando el segundo el vuelo, le quitó el cuarto
al papujo, que quedó sin poder hacer. El prieto era picador; pero se levantaba en el aire sin saber
definir, por lo que duró la pelea un minuto doce segundos, y fué necesario dar un careo.
”Un aji-seco, pata blanca, de última, se topó con un jiro, plateado, de Conjuntivitis.
El aji-seco se presentó distraído y parecía no estar preparado. Súpolo esto el jiro y se
lanzó con tres tiros, logrando sólo el último. Cogido a su vez, sufrió una cernida que hizo esperar a
todos el triunfo del aji-seco; pero no fué así, pues reponiéndose el jiro, que estaba
enterote, pasó sobre el enemigo y varias veces, moviendo las costillas y haciéndolo bajar el pico. Duró
minuto y medio.
”Terminada la jugada, que ganó H***, caja, cuarta parte y mejoras, y que por un triste no fué capote,
empezaron las chuscas.
”Apareció un cenizo de alcance, enjuto y barrillón, con un carmelo de mejor estampa. Puestos
en la arena, partió éste en vuelo contra el cenizo, que yo no sé cómo pudo evitar una acometida de
tanto movimiento y fondo. Repetido el mismo ataque, al verse supeditado en el aire, se ladea el cenizo
y, paralelo al suelo, hiere en su tiro al adversario. Elévanse de nuevo, cambia otra vez el cenizo,
porque a subir no puede con el carmelo, y, deteniéndose un momento, aprovecha el descenso del otro
para mondarle la pata. Desciende, y un tiro de suelo de una agitación eléctrica, apenas visible, le dió
una victoria que su malicia nos hace llamar sobresaliente.
”Luego vino un aji-seco, pata prieta, con otro más chico, cazilí, pata amarilla. El triunfo
estaba por este último, que era de más ejecución; pero una sacudida oportuna y feliz dió la victoria al
otro. Conjuntivitis, en los careos del primero, que ya estaba muerto, quiso hacer de las suyas. Que
la autoridad abra el ojo.
”A un aji-seco, papujo, lo partió un pinti, en vuelo, y le vació el alma en cinco segundos.
”Salió luego un cazilí, mosqueado zanqui-tuerto, con un cenizo, cola blanca, que le hirió al
partir. Cogiéronse a la mecha y apartados. Dióle tres batidas en el lomo el primero al segundo. Calmada la
rabia, fué menester tres pruebas; pero el cenizo dijo que tenía que hacer, y se despidió
cacareando.
”Un barbitas, para amarilla, se careó con un golilla, naranja, pata prieta, de tan buena
estampa que hizo dar plata a siete. ¡Vaya un animal bien laminado! Un tiro en vuelo y dos batidas
endemoniadas dieron en tierra con el barbitas.
”Cerró la tarde un aji-seco, que, por más que lo buscaba, no había encontrado desde algún tiempo
rival que le bajase el penacho. Echáronle de tapada un jiro, aplomado, recio de cuadriles. La
bondad del primero no le bastó para vencer; pues, habiéndosele torcido la navaja, le mató el contrario.
Mucho se murmuró por este incidente contra Chuchumeco, y dicen que si hubo intención o no hubo
intención en amarrar mal la navaja. El juez ha prometido averiguarlo. Lo que resulte lo sabremos… el día
del juicio.
”Resumen: La jugada fué buena y entretenida. El único gallo sobresaliente fué el cenizo de la
primera chusca. Gallos de esta inteligencia para el quite y el ataque, y para aprovechar el único momento
posible de triunfo, no se ven sino de tarde en tarde: son rara avis. También mencionaremos a su
adversario, que hubiera triunfado a no encontrarse con un pillo de tan asombroso metal.
”Aunque la autoridad estuvo sensata desearíamos que, en adelante, les meta la mano a Chuchumeco y a
Conjuntivitis. Al público se le ha encajado entre ceja y ceja que, como careadores y amarradores de
navaja, no juegan limpio, y cuando el río suena, señor juez…, tendrá por qué sonar.”
Por esta revista se habrá el lector formado idea de los colores y condiciones de los gallos, de los lances
de una lucha y de que Conjuntivitis y Chuchumeco, apodos de los amarradores, eran dos peines
de escardar lana. Réstanos algo por explicar.
Cada jugada se componía de siete parejas. Regularmente los jefes de los dos partidos interesados apostaban
cincuenta pesos a cada gallo y depositaban doscientos que corresponderían al que ganase cuatro peleas.
A veces triunfaba un partido en las siete peleas, y a eso se llamaba dar capote. Ganar seis era dar
mantilla.
Coteja se decía por dos gallos de igual peso y tamaño y que antes de salir a la arena habían sido
topados por sus dueños.
Tapada se llamaba la pelea en que cada dueño escondía su gallo dejándole ver en el instante mismo
de amarrar las navajas. Las tapadas eran motivo de intriga constante, pues cada interesado procuraba
averiguar las cualidades del gallo preparado por el contrario para proceder con conocimiento. El amigo
vendía el secreto del amigo.
Tras de las siete jugadas de interés, que eran las dadas por personas de fuste, venían las chuscas,
que eran las de la plebe, y en las que el gallo del zapatero hacía cecina al del barbero. En éstas la caja
no pasaba de doce pesos.
Aunque el reglamento limitaba la suma de las apuestas, no por eso los jugadores estaban imposibilitados
para arriesgar mil pesos en cada gallo. Personaje hubo en Lima que en una tarde perdió quince mil duros.
El hecho es reciente y notorio (1).
El tecnicismo gallístico es casi tan rico como el tauromáquico. A ser yo más entendido en esa jerigonza no
dejaría en el tintero algo que descifrar querría. Baste por hoy con estos desaliñados apuntes, que tal vez
otro prójimo ampliaría algún día.
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(1) Ya, en 1899, ninguna persona que en algo se estima concurre al circo, y aun entre el populacho va
perdiendo terreno la afición a la lidia de gallos.
RICARDO PALMA
TRADICIONES PERUANAS